Prólogo de Nacho Ares

Nacho Ares (Escritor e historiador) www.nachoares.com

Cera de Babilonia

La novela de Salvador Ortiz, Cera de Babilonia, combina varios elementos que la convierten en una obra singular y también valiente. Además de ser un relato muy cinematográfico —es obvio que el autor no puede negar su formación y orígenes—, la tensión se manifiesta desde el comienzo de la novela. Sin embargo, lo que más me llamó la atención la primera vez que Salvador me habló de su obra, fue el trasfondo que proyectaba en torno a un tema muy pocas veces estudiado, quizás más psicológico o antropológico. Me refiero a los dones o las facultades de las que hace gala una persona para despuntar en una faceta determinada de la vida.


Desde el comienzo de los tiempos, desde que el ser humano ha vivido en sociedad, el que hubiera personas que destacaran entre la mayoría, era algo completamente natural. Siempre hubo reyes, magos, sacerdotes o individuos que, desempeñando un cargo determinado en el clan, han destacado por contar con una serie de cualidades que los hacían distintos; diferentes al perfil cotidiano de sus semejantes.

Todos de alguna forma somos diferentes. Sea cual sea nuestro caso, destacamos en el conjunto por una serie de facetas o rasgos que nos caracterizan. Sin embargo, hablar de dones requiere un nuevo giro de tuerca; un gesto con la imaginación capaz de sobrepasar esa realidad cotidiana.

El tópico de muchos son los llamados y pocos los escogidos, que encontramos en el evangelio de Mateo (22, 14), se puede extrapolar, leyendo entre líneas la frase puesta en boca de Jesús, al tema que aquí quiero tratar. Me refiero a ese toque casi extraordinario, único o incluso divino, del que han hecho gala algunas personas a lo largo de la Historia.

Hace pocos meses realicé para televisión un reportaje sobre la figura de Niccolò Paganini. El violinista italiano padecía, según los expertos, una enfermedad llamada síndrome de Marfan. Una de las características más llamativas de esta enfermedad son sus síntomas: extremada longitud de miembros en lo que respecta a brazos, piernas, manos, pies y dedos. Se dice que las manos de Paganini ¡medían casi 45 centímetros! La agilidad que permite en el manejo de un violín, como en este caso, la aracnodactilia que conlleva el tener los dedos tan largos y flexibles se interpretó como la causa del virtuosismo que caracterizó la obra de este creador genovés nacido en 1782.


Sin embargo, hay algo que falla en esta teoría. El espíritu musical y el virtuosismo de sus conciertos —creados en ocasiones para una sola cuerda del violín—, no se pueden explicar con simples y burdos razonamientos mecánicos. Es cierto que el cerebro manda una orden a esos dedos para que se muevan con agilidad y presteza. No obstante, esa orden no solamente está formada por impulsos eléctricos sino por algo más; algo que se escapa a nuestro entender y que solamente adquiere sentido cuando hablamos de algo tan ambiguo y escurridizo como el tener un don.

Al igual que Paganini, otros muchos artistas o científicos del pasado y del presente han manifestado una serie de cualidades específicas para un oficio determinado gracias a la existencia de esos dones, tan amplios y variados como lo son los diferentes campos de expresión y del saber en el Ser Humano. Personas tan contrapuestas como Leonardo da Vinci, Albert Einstein o Platón manifestaron aptitudes propias de personas que tenían capacidades extraordinarias en el campo de las artes, las ciencias o la filosofía.

¿Cuántas veces hemos escuchado la pregunta relacionada con un oficio concreto, por ejemplo, el futbolista nace o se hace? La respuesta siempre es la misma. Una imprecisión rodeada de interrogantes. Lo propio cuando se desconoce absolutamente el porqué de las cosas.

Lógicamente en la sociedad en la que nos movemos en donde, salvando las distancias, todas las personas tienen acceso a la cultura y la educación, puede ser que resulte más fácil conseguir individuos que adquieran o desarrollen dones en un campo determinado del saber. Y sin embargo, lo vemos a diario, repitiendo las palabras de Mateo, muchos son los llamados y pocos los escogidos.

En cualquier caso, leyendo a Salvador Ortiz creo que estamos ante uno de esos elegidos. Cera de Babilonia es su primera novela pero apunta maneras para demostrar que él, al igual que otros creadores del pasado, también tiene ese don...


Nacho Ares
La Casa de la Princesa
Madrid 8 de febrero de 2011