domingo, 30 de octubre de 2011

CUENTO DE TERROR



Teniendo en cuenta que estos días de noches de brujas y espectros son propicios para que florezca nuestro interés por el miedo y la incertidumbre, quiero compartir con vosotros un relato que escribí hace unos meses y que consiguió el segundo premio en el XI Concurso de relatos cortos Gloria Fuertes que organizan las bibliotecas de La Rinconada (Sevilla) en consonancia con el Ayuntamiento de la localidad. 

Se titula La memoria de las sombras y está basado en miles de historias reales. La diferencia de estas historias y las desarrolladas en Halloween, radica en que el argumento de este relato está sucediendo en el preciso instante en que lees estas líneas. Este cuento de terror, lamentablemente para sus víctimas, se desarrolla diariamente. Es una historia de fantasmas, pero fantasmas tan reales como nosotros. “No es necesario morir físicamente para vagar por el mundo de los espíritus como un espectro errante. Basta con estar vivo y que tus seres amados pongan tu recuerdo en manos del olvido”.     

LA MEMORIA DE LAS SOMBRAS

 Mientras la noche se imponía a un sol cada vez más decrépito, a paso ligero por el rellano, sin mirar atrás, Isabel avanzó hasta el portal de su vivienda. Abrió la puerta y entró, alejándose de ellos. “No tengo a nadie pero no los quiero como compañía, -se dijo Isabel a sí misma-. ¿Acaso estoy obligada a sufrir esta maldición?”. Dejándose dominar por el desasosiego, sobresaltada por los acontecimientos, se sentó a la mesa: “Son las siete de la tarde. Dentro de mi cuarto, mientras escribo estas palabras, sigo vigilante. Mi apartamento es confortable pero al mismo tiempo lúgubre y mustio. No puedo dormir; pensaba que cada frase escrita me aliviaría. Creí que este diario, este desahogo literario, me serviría de bálsamo. Pero mi realidad no se serena y todo se envuelve en una falsa calma transparente que desaparece repentinamente. Los años ya pesan demasiado y mi rostro, como costuras de la vejez, está lleno de arrugas y pliegues. Las venas de mis manos sobresalen como manantiales que desembocan y mueren en el mar. Mis ojos están deseosos de volver a sumergirse en lágrimas de felicidad. Nunca debí llegar a este limbo donde las almas tienen toque de queda para soñar, donde la identidad se desdibuja con el tiempo. Es tanto el deterioro que sufro que, a menudo, me siento obligada a recordar quién fui; jamás pienso quién soy, pues he sufrido tantas afrentas que mi dignidad sería incapaz de soportar tan tremenda carga. Todos los días me pregunto cómo he llegado hasta este lugar, pues ni los peores delitos justifican este abandono deliberado”.

La anciana levantó la mirada del papel y observó a través de la ventana los designios de la noche. Envidió la pureza de las nubes, la frescura de la lluvia y la libertad de las lechuzas. Anheló la belleza de los astros y se apiadó de la luna por tener la obligación de comparecer a diario en lo más alto del firmamento. Isabel encendió una pequeña lámpara para avivar la escasa luz de la habitación y, de nuevo, se entregó a su reveladora escritura: “Hace semanas que la razón dejó de perdonar a los pecados de la indiferencia; como consecuencia, la desesperación ha encontrado cobijo en mis pensamientos. No puedo evitar que este edificio, cada día que pasa, me provoque más y más temor. En el exterior llueve intensamente. Los charcos, espejos naturales, reflejan las pocas luces que aún permanecen iluminando la fachada de esta antigua mansión levantada a principios del siglo XIX. Una construcción de estilo colonial que, en la actualidad, dividida por finas paredes en confortables habitaciones, es vivienda de muchos moradores inciertos. Unos inquilinos desconcertantes que aparecen y desaparecen ante mí exhibiendo sus aflicciones. Cada día, mientras camino por las galerías, tras las paredes, escucho sus lamentos. Oigo sus respiraciones a mi alrededor; espíritus del lugar carcomidos por una reclusión obligada y azotados por la humillación de la ingratitud. Ocultos en la sombra de la pasividad me observan. A veces cierro los ojos para no verlos, pero los pasillos sombríos que llevan hasta mi apartamento ya han vendido su alma al diablo para conducirme hasta la oscuridad. Son espectros marchitos. Los oigo susurrar, preguntándose los unos a los otros cómo se sale de este sentimiento de soledad infinita. La pasada noche, a través de la rejilla de la puerta, los vi deslizándose por el corredor, siempre acompañados por falsos ángeles que, lejos de escuchar las plegarias, sedan las condenas otorgando una paz artificial. Llega la fría madrugada. Sentada en mi sillón espero que se apaguen todas las luces del edificio. El silencio de la noche se ve interrumpido por gritos descorazonadores de almas en pena que abren el ritual de evocación a lo que pudo ser y no será jamás. Los espíritus escupen sus dolores desde sus rincones de clausura. Mientras, yo lucho por no parecerme a ellos, pero sus caminos se cruzan con el mío irremediablemente, como los hilos de una marioneta abandonada. Aquél que no crea en los espectros solo tiene que mirar a su futuro y preguntarse si tendrá compañía durante la última etapa de su existencia. Los años en este lugar me han enseñado que para ser un espíritu errante, un alma perdida, no hay que perder la vida. Basta con que el tiempo ponga mi recuerdo a los pies del olvido. Las horas se suceden en el reloj y el amanecer ya asciende por la línea finita del horizonte. El cristal de la ventana de mi habitación filtra los primeros rayos del sol convirtiéndolos en pequeñas luminarias de incertidumbre. El devenir del día es dudoso para mí, pues la experiencia me ha hecho abandonar las ilusiones en el cajón del pesimismo. Las voces de ultratumba cesan por un momento. Hoy es domingo y, como un juicio semanal, muchas de las ánimas encontrarán la salvación de manos de sus seres queridos, mientras otros seguirán ahogándose en las arenas del desprecio. No quiero salir del apartamento, ni siquiera tengo apetito. Apenas he conciliado el sueño unos minutos por temor a evocar tiempos mejores y despertar en esta desolada situación en la que me encuentro. En este día todo se convierte en un espejismo”.

Isabel se levantó abatida de su sillón. Dejó abierto sobre la mesa un minúsculo diario de tapas duras y color púrpura. Se acercó hasta la puerta de entrada a su habitación y, tras suspirar, retiró el cierre de seguridad, como era costumbre todos los domingos. Desconectó las lámparas y desplegó las cortinas de las ventanas cortando el flujo luminoso del sol. Todo quedó en penumbras. La cama, impoluta, cubierta con finas sábanas, llevaba semanas sin usarse. De los cuadros colgados en las paredes, las personas fotografiadas miraban a Isabel en tono jocoso. Burlándose de su dolorosa realidad.

-          No me apetece escribir más- dijo furiosa la anciana-.

Un golpe en la puerta de la habitación cambió el semblante de Isabel. La esperanza acudió desesperada a sus ojos que comenzaron a brillar unos segundos. Rápidamente todo volvió al más solemne silencio. En el exterior del cuarto una maraña de voces pasaron de la nimiedad al estruendo. Risas, besos y canciones se escuchaban por toda la mansión. Isabel se sentó de nuevo en su sillón. La oscuridad era tal, que su figura bien podría haber pasado por una estatua consumida por el paso irremediable de los siglos. Su pelo de cenizas contrastaba con el vestido oscuro que, en otros días como aquel, le servía para exteriorizar su tristeza.

-        -  ¿Abuela? – dijo una voz infantil mientras se abría la puerta de la habitación-. ¿Estás aquí?

Un escalofrío heló la sangre de la anciana.

-        -  ¿Abuela? – volvió a repetir.

Isabel, todavía con algunos músculos paralizados, se incorporó de su asiento apoyándose en el reposabrazos. Una sonrisa iluminó su rostro. Un señor de complexión delgada y pelo castaño, acompañado por un niño de cinco años de edad, encendió la luz del apartamento; ambos entraron en la estancia. El pequeño, tras identificar a la anciana, corrió hasta ella abrazándola. Isabel se agachó para ponerse a la altura de tan bondadoso personaje y, emocionada, le besó la frente y las mejillas una y mil veces. Acto seguido, el niño acudió hasta una estantería de madera situada junto al camastro de su abuela. De un estrecho cajón cogió varios lápices de colores y, valiéndose de ellos, comenzó a dibujar en cuadernos y periódicos viejos. Isabel no dejaba de mirar a su nieto. Su longevo rostro no podía renunciar a sonreír.

-         - Madre, sé que hace tiempo que no venimos pero…

La anciana se giró violentamente.

-         - ¡No digas nada!

-         - Llevo todo el mes sin parar de trabajar, lo siento.

-         - No tienes excusa alguna, Rafael – recriminó Isabel.

-         - ¡Por favor, madre! No empieces. Siempre me vienes con la misma historia.

-         - Igual que tú – sentenció la mujer.

-         - Aquí estás mucho mejor que en casa y lo sabes.

-        -  Piensa lo que quieras. Imagino que así mantendrás tu conciencia tranquila. ¿Es pedir demasiado ver a mi nieto una vez a la semana? – dijo Isabel emocionada.

-         - Venimos cuando podemos. Tenemos muchos problemas en casa.

-         - Pensaba que los problemas se acabaron cuando me echasteis.

-         - No empieces, mamá. No podíamos ocuparnos de ti, eso es todo. Tienes una edad… es complicado…– replicó su hijo.

-         - Solo quiero dejar de sentirme un fantasma a los ojos de mi familia. Soy una sombra de la mujer que fui.

-         - Por favor.

-         - ¿Dónde está tu hermana, Rafael? ¿Dónde están tus primos? – preguntó Isabel enérgicamente.

-        -  Tendrán sus razones para no venir. Todos nos acordamos mucho de ti.

-      -  No digas memeces… Si tu padre viera lo que estáis haciendo. A veces preferiría estar…

-       - ¡Calla, madre! Vas a asustar al niño – interrumpió el hombre-. Cálmate un poco, ¿quieres?

-         - ¿Tan difícil es de entender?

-         - Vendremos más a menudo, te lo prometo.

-      - Sabes, hijo mío… ahora sé que ni el remordimiento me mantendrá viva en vuestras mentes una vez que muera. ¡Mírame! Aún respiro y siento. Es vuestro abandono el que me hace cargar con las cadenas del olvido dentro de esta maldita residencia.

Isabel dio la conversación por finalizada y se acercó hasta su nieto que, con habilidad, dibujaba trazos en un papel amarillento. La anciana cogió un lápiz de color rojo y dibujó un círculo desigual que su nieto interpretó como un rostro vacío y adusto; apresuradamente, el pequeño dibujó en su interior unos grandes ojos y una larga sonrisa que incitó la de su abuela.

Rafael, por su parte, miraba el reloj repetidamente; caminaba por la habitación de un lado a otro como un péndulo desazonado. El peso de sus sentimientos no le permitía levantar la mirada. En una de sus caminatas tropezó con una vieja mesita de nogal. Un marco fotográfico, colocado boca abajo, llamó su atención. Una mezcla de curiosidad e inquietud le hizo rotar la imagen. Rafael, a la edad de cinco años, acompañado por su madre, levantaba los brazos en señal de felicidad. Rafael miró una vez más la fotografía y la colocó correctamente sobre la mesa. Un cúmulo de sentimientos se transfiguró en lágrimas, en un reguero luminoso que bajó incesante sobre la tez de sus mejillas buscando redimirse. Un recuerdo para encender el amor e iluminar a las sombras.

Salvador Ortiz Serradilla












6 comentarios:

Anónimo dijo...

nuestra propia soledad es nuestro mayor miedo,cuando lo unico q nos queda es a nosotros mismos,la realidad da miedo,felicidades una vez mas,artista!desde almeria con cariño

Anónimo dijo...

precioso, concienciando a quien abandona a quien nos dió la vida, porque para los mayores nunca hay tiempo...........cada vez mejor, como los buenos vinos, un beso.

Manoli dijo...

Una historia que invita a la reflexión sobre el estilo de vida que llevamos hoy en día y que nos lleva irremisiblemente a descuidar lo realmente verdadero y valioso. Muy bien llevado. Enhorabuena.

Salvador Ortiz dijo...

Muchas gracias por vuestros comentarios. Me alegro que haya invitado a la reflexión sobre tan difícil situación. Lamentablemente es un relato sacado de la cruda realidad, aunque, en muchos casos, podría solucionarse con dos ingredientes: respeto y amor.

Un saludo y gracias de nuevo.

luna dijo...

Pienso que, en determinadas ocasiones, las circunstancias especiales de cada familia "obligan" a dar este desagradable paso y sin embargo existen el amor y el respeto.
Otra cuestión sería el tema de las visitas.
Enhorabuena.

Salvador Ortiz dijo...

Totalmente de acuerdo, Luna. En este caso, el que ilustra con palabras el relato, se anteponen circunstancias, dígamos más triviales, a la necesidad de cariño que muchas personas demandan.

Un saludo y gracias.